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Exposición ‘La mirada encontrada’

Augusto Vives, Artista plástico e ilustrador
ÓSCAR VALIDO. RITUALES, METÁFORAS Y VERSOS VISUALES. (El buen cirujano)
«Viven a nuestro lado,
los ignoramos, nos ignoran.
Alguna vez conversan con nosotros«
Poema objeto [1]. Octavio Paz.
Heredero y hacedor de un movimiento poético que se remonta desde Simmias de Rodas (El Huevo) o Rabelais (Sombrero) hasta los albores del siglo XX con Gómez de la Serna y Joan Brossa. Recoge un testigo derivado de esta tradición poética, para ser transformado en metáforas visuales con un carácter profundamente ácido en la mirada, no exenta de la queja material y crítica del comportamiento artístico. La contaminación es un síntoma de la posverdad que nos toca llevar como una mochila pesada de cantos de sirena, un mundo invadido por imágenes, ideas y conceptos.
Huir de la infamia visual es un reto que soporta con destreza la obra de Óscar Valido con juegos de palabras, que trastocan lo visible y te hunde la apreciación de lo sentido. Todo se diluye y se vuelve líquido ante la mirada interrogante de Valido. Caminar digiriendo el entorno es un ejercicio de autoconstrucción de una cierta realidad propia y definida. Somos los objetos que poseemos, que construimos y a ellos nos debemos como un acto de veneración casi hipnótico.
¿Qué es la realidad?. Es la mirada propia sobre una mentira construida para descodificar las esencias. Lo esencial lo hace visible a los ojos. Es un ejercicio de prestidigitación visual. Valido como un alquimista eterno crea lo que debería existir como una suerte de sortilegio más allá de toda realidad. Si no existe lo construye. La transfiguración de la mirada en Valido obliga a redefinir el objeto y retornarlo al imaginario individual, como un nuevo argumento. Dispuesto a ser pensado poéticamente. Toda mirada no es inocua. Busca construir un corpus imaginario, metafórico y revela los anhelos y los traumas que nos devuelve el inconsciente revelado. Se hace necesario ante la mirada de Valido crear un nuevo corpus de lo nombrado. Nada de lo que ocurre sucede por suscripción a la realidad, por adoración al misterio, se ha de perder la realidad necesariamente dando paso a una nueva existencia objetual.
Los objetos no existen por sí solos, sino por antagonismo y oposición a otro objeto. Dejan de ser, para conformar una nueva realidad a veces absurda, delirante y disparatada que entra en conflicto con el propio pensamiento. Esa es la consigna: romper todo estatus de lo definido, de lo comprensible y volver a renombrarse como nuevo deseo.
Nada es gratuito y todo peso imaginario. La realidad es inequívocamente contradictoria, por eso no huele a nada o apesta a cloaca. Un traje a medida para denunciar los falsos lugares.
La realidad se corta con un tajo de palabras aparentemente contradictorias y juegos inconexos con los que nos quiere sorprender Valido. Toda confusión es placer honesto en su obra.
Me quedo con su imaginario para transfigurar la mirada. Toda manifestación a la contra produce un nuevo artefacto necesariamente en su ideario.
Se vislumbra la coartada perfecta para asesinar con precisión de cirujano, cualquier concepto ya determinado. Óscar Valido es el buen cirujano que disecciona la realidad abierta en canal metafórico, creando un nuevo cuerpo poético como ya lo hizo Mary Shelley.
Entre alucinajes poéticos
[Un apunte (in)grávido sobre la poesía visual de Eva Hiernaux]
La poesía, cuando extiende su vigorosa herencia de mixturas, signos y afanes metonímicos, es un vasto arrecife en el que la diversidad campa a sus anchas. Objetos, fotografías, alfabetos, manchas, cualquier asunto que interviene en la realidad puede girar su rostro y mutarse en representaciones redirigidas y con otro alcance. «En el poema-objeto la poesía no opera únicamente como puente sino también como explosivo. Arrancados de su contexto, los objetos se desvían de sus usos y de su significación. Oscilan entre lo que son y lo que significaron. No son ya objetos y tampoco son enteramente signos. Entonces, ¿qué son? Son cosas mudas que hablan. Verlas es oírlas. ¿Qué dicen? Dicen adivinanzas, enigmas. De pronto esos enigmas se entreabren y dejan escapar, como la crisálida a la mariposa, revelaciones instantáneas». (Octavio Paz)
Cuando Eva Hiernaux sacude la materia, se produce una gran polvareda de matices. Y viene al caso la palabra matiz porque tanto el fonema final como el significado del vocablo evocan un vuelo cuyo ímpetu es más apabullante que cualquier expansión que se produzca dentro de lo real; preexiste fuera, en otra contingencia del pensamiento. Y este, animado por el alboroto de nuestro ruido interno, podría dejarse oír en una charla fabulosa aunque verosímil —ya sabemos cuán poderoso y cierto es lo inconcebible—, retumbando en una puesta en escena:
Se encuentran algunas voces que, durante años, no han cruzado ningún sonido.
Voz₁: Te recuerdo. Tu retintín era asombroso. ¡Qué colorido!,
¡qué vibrantes finales!
Voz₂: ¡Vaya! También yo te recuerdo. Sobresalían tus agudos en
aquel multitudinario encuentro.
Voz₃: Esos encuentros, esos encuentros… Olvidemos, por favor,
los protagonismos. Todas tenemos mucho que decir.
Bajemos el tono y escuchémonos.
A menudo, viendo-leyendo los poemas de Eva Hiernaux, oigo —y veo— conversaciones de este tipo. Pienso, entonces, que la cabalgadura de los sentidos es más ancha y estruendosa que las habituales maneras de utilizarlos. Son los teloneros de un universo caudaloso y sutil que se entreabre a lo extraño y condensa una estructura artística inusual. Como señalara Valente, y si, como sabemos, la palabra agranda su campo hacia lo visual, «se escribe por pasividad, por escucha, por atención extrema de todos los sentidos a lo que las palabras acaso van a decir».
En Eva Hiernaux los pliegues del tiempo se imbrican, al igual que la grandeza y la pequeñez, como la virola que sujeta el pelo-serpiente o como el enroscado de dos bocas de grifo. Lo pequeño, la miniatura, tiende al infinito —por lo que tiene de inmenso y de ilimitado—. Lápices de corta estatura son alas; una tabla de lavar contiene una partitura rasgada de música; un astronauta sale, en un tablero de scrabble, de la casilla de salida, que es una estrella, hacia la palabra por hacer; o un pequeño forjador de algas se empecina cincelando un fuego abisal. La pizca y lo inconmensurable hilvanan idéntica comunicación, se infiltran en el poso del decir poético e invierten su cavidad. Todo entra en todo y todo es expulsado de todo. Apuntaba Joan Brossa que «el poeta cambia de código; deja el código literario y se expresa en un lenguaje que proviene de la búsqueda de una nueva dimensión entre lo visual y lo semántico. El poema visual no es dibujo ni pintura sino servicio a la comunicación». ¿Cómo no recordar, al ver la multitud de minúsculos relojes ingeridos por el extraviado Tiempo de Eva Hiernaux, las horas simultáneas y trastocadas en el poema-reloj del poeta catalán?; ¿cómo no concebir
que este firmamento artístico de la poeta respira, como las sombras o las almas, junto a una realidad aquejada y terrible, a la par que bella? ¿Y cómo no erigirse en buscador de alientos opuestos?
La materia se enlaza con una irrealidad viva e insinuante, adquiere ese candor de la tragedia no esperada, abunda en un cardumen en cuyo centro se ubica la posibilidad —esos lapicitos desgastados y repletos aún de color—.
materia / trama viva / cohesión del saber / autoconciencia / doble irradiación de mensajes / y silencios —tomo y entrego—. Escribió Clara Janés estos versos de Orbes del sueño tal vez como una resonancia del lenguaje en la nieve, sorprendida esta, la nieve, no por su ancestral blancura, sino por un sueño suyo que salta desde atrás, desde el latigazo del tiempo. Las palabras ondeadas en las fotografías no hacen pie, aletean como notas de música en la noche, son movimiento que enlaza y rasga el Universo. Las huellas ahondan la oscuridad y emerge un soplo de claridad. En los poemas de Eva Hiernaux, la delicada estación de los cuerpos, cómo se disipa y se transforma su volumen, es un choque, un contraste que los sentidos advierten desde un lugar entrañado en otro pliegue de lo percibido. Esa “ola” alargándose en la orilla de la escritura de la nada, que la poeta muestra en una máquina de escribir con teclas de conchas, queda también en el aire ondeando el recuerdo marino. O la palabra “estrella” que el Hacedor extrae de la sopa- Universo de letras. Esta delicadeza —vuelvo a este concepto—, y la fina ironía en esta emulsión de imágenes, es un manantial que nace en un espacio natural y recorre veredas de imaginación portentosas; como ejemplo, la senda de la infancia, aquellas figuritas, desestabilizan la inocencia cuando la artista las
empasta con la muerte o la sequedad de un brote —que más bien se asemeja a los picos de los polluelos reclamando alimento: oxígeno—. De igual forma, lo imposible exige su voz y descansa sobre un hervidero, frecuentemente, de denuncia o desmitificación. Así, redes sociales, instituciones, educación o medio ambiente, en una contorsión imprevisible, muestran sus aristas, su sequedad, su cráneo y su ejército. El golpe de écfrasis —ese esmero en los fotopoemas—, que la poeta, ataviada, por lo demás, de un gran sentido del humor, asesta al lector- espectador, es incontestable: la minuciosidad objetual traspasa lindes y nos sitúa en una poesía visual fronteriza, esto es, en el límite del hueco que crea la ausencia casi total de la palabra y la absoluta significación del objeto. Oigamos, si de fronteras se trata, otra de las conversaciones que pudiera producirse en este margen:
La vaca del círculo vectorial del zodíaco habla con un soldado:
Vaca: No entiendo qué hago aquí, mirando a Tauro, sin hierba,
en esta vía que se me antoja antigua y con poco sol.
Comuníquelo usted, por favor, a quien corresponda.
Soldado: De acuerdo, podemos necesitarnos en un futuro. Voy a
llamar por el teléfono de campaña a ver si nos explican
cuál es la situación. Yo tampoco reconozco este enclave.
J. Navarro Frisas, cuando afirma que «la poesía visual a diferencia de sus congéneres, también heridas por el signo, es significado en movimiento, es
agitación sorpresiva, es irreverente, es un ser libre de conclusiones inesperadas, todavía más sospechosa que su hermana literaria», hace hincapié en el impacto que se produce cuando la imagen, en su estruendo poético, sin apenas el agarradero de la palabra, es signo que sugiere nuevas alteraciones de
significación. En Eva Hiernaux, en sus poemas, recalan objetos que bien podríamos denominar, en su conjunción expresiva con otros, alcances —con el
sentido, según la RAE, de “penetración máxima de una partícula en un medio material determinado”—. Estos alcances, sin embargo, tienen —y no— fisicidad discursiva. Los nombres de los objetos, significantes, podríamos encontrarlos, si hacemos el camino inverso, en el uso del lenguaje escrito cuando se cuaja en la vista —también cuando la lectura de algún verso nos proporciona esa imagen después de leído: los dragones me vencen invisibles / aún (J. E. Cirlot)—. Sus títulos —don, alas, corriente alterna, cardumen, el sonido del agua, gótico flamígero, matrimonio, hacia la palabra, hacedor de estrellas, oxígeno, redes sociales, sobre la educación, Vía Láctea y tempus fugit— señalan la corporeidad y completan la mirada. Aquí sí se nombra, sí se imantan palabra e imagen. Tal vez lo dicho —de nuevo aquí— agrieta lo que se oye y se ve. Las fisuras son coágulos, grumos de sustancias cognitivas.
Un enjambre de voces —y volvemos al inicio—, se escuchan mirando los magníficos poemas de Eva Hiernaux. Parte de la pinza parece decirle a su cónyuge: «qué incomodidad, me aprieta en exceso tu cuerpo»; el forjador, por su parte, también tiene algo que decir: «¡tanto hueco, tanta curva…!, tardaré siglos en cincelar este fuego reseco».
Acaso se trate de encontrar aquellos recovecos que son sin ser, que deambulan dentro de una fiebre silenciosa que sube la temperatura de nuestra particularidad —o nuestra otredad—. Y que esto, lo distinto que nos alcanza desde otras latitudes, sea, al cabo, lo que la poesía —en este caso la de Eva Hiernaux—, en su amplitud, nos concede.
Lola Andrés
Junio de 2022
