El último viaje del Libertador


Echedey Medina Déniz


EL ÚLTIMO VIAJE DEL LIBERTADOR

Se ha quedado sin patria el general. 
Se lo llevan los vientos largos del olvido
sacudiendo su pelo gris por las quebradas.
Revientan las espuelas de plata
en los lomos del caballo.
Qué solitario jinete galopando al destierro.
¿Así pierde finalmente los sueños el hombre?
Otros jinetes cruzaron ya la América
evocando las amargas tempestades de la gloria.
La historia de un hombre que es la misma
historia de todos los hombres.
El fantasma de la manta gris
que agoniza de fiebre en Venezuela
arrastra su cuerpo cansado
hacia la muerte anunciada en Cartagena.

Medina Déniz, Echedey. Una segunda oportunidad sobre la tierra. Las Palmas de Gran Canaria: Cam-PDS Editores, 2019.

 

 

«Antes de que acaben de fusilarte los mosquitos»

la epopeya del poder en García Márquez 

La soledad, como uno de los temas centrales que ilumina el universo narrativo de Gabriel García Márquez, tiene sus variantes, es decir, se aplica la condición solitaria a comportamientos humanos de la más variada especie: la soledad del amor, la soledad de la descendencia, la soledad geográfica. Para mí, que nací y sigo naciendo entre las páginas de este colombiano, la soledad que mayor incidencia tiene en el mundo garciamarquiano es la soledad del poder. Esa vasta caravana de los desheredados de la tierra que, fusil y tropas al hombro, conquistan el derecho de la libertad bajo la fatal condena de volverse prisioneros de sí mismos, herederos de una cadena atávica que desean romper a cualquier precio, que acaban vendiendo la integridad, el alma, la ética y el amor para mantener el poder. Y este riesgo de mantener el poder es la gran caravana del olvido, el contrasentido de terminar luchando como un autómata sin saber por qué se lucha, se mata, se fusila y se teme. 

Apoyan estas palabras mías los sucesos que marcan la vida de los personajes de varias de sus obras. Quizá el más recordado por su imposición épica y la burbuja pulverizadora que lo madura en su Macondo natal es el coronel Aureliano Buendía, presentado en Cien años de soledad y latente en otras obras paralelas, que se levanta en armas para erradicar al partido conservador y acaba envuelto en una guerra laberíntica que acabará haciendo estragos en él y adormeciendo los mismos valores éticos por los que proclamó la guerra. Su compadre, el coronel Gerineldo Márquez, hombre alerta a la conciencia y la sensibilidad, fue testigo de la corrupción que ejerció la pátina del poder en su compañero de armas y de cómo el corazón se le iba pudriendo de rencor y avaricia. Cuando llega efectivamente el gran delirio de poder del coronel Buendía (este había vendido los ideales de su bando al bando contrario con tal de forjar una alianza por el poder, su amigo Gerineldo se había opuesto acusándolo de traidor y Aureliano ante esta rebeldía lo había mandado a fusilar por desacato, aunque luego deshizo la orden), se sucede esta escena de reconciliación:

«Vámonos de aquí, antes de que acaben de fusilarte los mosquitos». El coronel Gerineldo Márquez no pudo reprimir el desprecio que le inspiraba aquella actitud.

No, Aurelianoreplicó. Vale más estar muerto que verte convertido en un chafarote.

En Colombia y en otros países de América Latina se denomina despectivamente chafarote a la persona que pertenece a las fuerzas armadas, a los militares. Es esta sombra de “verse convertido en un chafarote” la sospecha que atormenta a los hombres de poder que pueblan las páginas de García Márquez. La pátina de la violencia del hombre contra la historia, la tentativa del endiosamiento del hombre en la carrera por el poder político, el deseo de eternizarse en la silla presidencial es lo que mueve a la figura ya mítica del dictador (tan presente en las letras latinoamericanas), a los hombres de poder. Hombres de poder que tienen, en el universo de este autor, conciencia en todo momento de la gran contradicción de la que forman parte y cuya fatalidad es contemplar la degradación a la que están sometidos por no creer que hay una redención posible: la certeza de que han perdido el reino de este mundo solo después de haberlo poseído está ligado estrechamente al sentimiento de fundación que mueve a las naciones, a la necesidad de autonomía y la búsqueda de la identidad. 

Hay muchos ejemplos y todos notorios en otras historias del escritor: El otoño del patriarca es la dolorosa renuncia al amor por el poder; y el cuento Muerte constante más allá del amor (con eco de Quevedo), la dolorosa renuncia del poder por el amor con los sacrificios y los peligros que ambas elecciones conllevan. En El coronel no tiene quien le escriba, un entrañable coronel, antiguo acompañante en las largas caravanas por el poder del coronel Aureliano Buendía, espera infatigable la llegada de una carta que le premie con una pensión por los años de servicio prestados a la ingrata patria tan olvidadiza como efímera. Pero es en El general en su laberinto donde el poder se encuentra con la horma de su zapato, con la cruz de su moneda: el amor, la inocencia. En esta polémica novela el autor da luz a los últimos años de vida del épico Libertador Simón Bolívar y le da luz (aquí la polémica) no desde la posición estatuaria, mítica y legendaria con que la Historia premia a sus hijos, sino que lo ilumina con amor y compasión, pobremente en una pobre vejez, una pobre pérdida de facultades físicas y mentales; se nos muestra a Bolívar derrotado y derrocado, defenestrado del poder por sus propios camaradas y exiliado del ya país libre. Atormentado por la culpa de no haber podido lograr la unidad de la independencia latinoamericana, deja atrás un futuro de caudillismos y traiciones para marchar a su muerte en Cartagena de Indias; emprende, entonces, la gran caravana hacia el olvido de la gloria con una frase que los lectores recordarán, como yo, legendaria. Desnudo y temblando, recién salido de la bañera, le sentencia con sinceridad desnuda a José Palacios, su fiel mayordomo: «Vámonos, volando, que aquí no nos quiere nadie». 

Yo sentí esta pesadumbre, yo me percaté de las glorias efímeras en cuyo barro se revuelcan con placer primero y luego con remordimiento los personajes garciamarquianos. Y el abismo grotesco de la conciencia dormida con que el deseo de libertad premia para siempre a los prisioneros obsesos de ella me creó la necesidad de hablar, entre otras cosas, de estos herederos del poder en mi poemario Una segunda oportunidad sobre la tierra (CanariaseBook, 2019), cuyas caravanas para conseguir el poder son tan fatigosas como efímeras es luego la gloria. La memoria que se secuestra no es pagadora y si paga, suele pagar mal a los que han querido atraparla. Es la certeza de que toda la gloria cabe en un grano de arroz, por tópico que sea el sic transit gloria mundi, la que nos dice que espantemos los mosquitos o nos vayamos antes de que estos nos fusilen; la que nos alerta de que lo único que no es efímero es la conciencia de que se existe y por eso, se tiene que decir algo frente a la eterna caravana del olvido que ejerce siempre el poder.

Echedey Medina Déniz

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