Las caricias que no me diste


Elizabeth López Caballero


No fue difícil encontrarla. Allí estaba, en su esquina de siempre, pero con menos ganas que de costumbre. Aquella mujer a la que me acercaba no era la morenaza sabrosona que una noche me salvó de ser degollada por unos cuantos rumanos. No era la mulata de curvas exuberantes que no pasaba desapercibida y que con su historia de libro me había devuelto la ilusión sin ella apenas intuirlo. Cuando me vio retrocedió y miró a ambos lados de la calle. No había que ser muy inteligente para saber que algo raro estaba pasando. Mantuve la distancia y le hice un gesto con ambas manos. La vi sacar el móvil del bolso. Esperé impaciente. Pasados unos cinco minutos recibí un whatsapp. «Vete, mami, por favor. Ya me pondré en contacto contigo». «Pero ¿estás bien? ¿Qué ha pasado, Zene?» «Chica, vete y déjame hacer mi trabajo. No compliques más las cosas». «Zene, quieres que vaya a la policía». «No, mami. Quiero que me deje hacer las cosas a mi manera. Lárguese, por la virgencita del Carmen». Uno de los rumanos salió de la casa donde vivía Zene. Ella escondió el móvil y siguió desgastando los adoquines con sus andares. Yo me agaché detrás de un coche e intenté alejarme de allí sin ser vista, intentando trazar un plan para descubrir qué le sucedía a aquella mujer que, sin saber cómo, se había hecho un hueco en mi vida. Si por mi culpa estaba en peligro, haría cualquier cosa por ayudarla. Zene se merecía una vida mejor.

 

López Caballero, Elizabeth. Las caricias que no me diste. Las Palmas de Gran Canaria: Mercurio Editorial, 2020.

 

Las caricias que no me diste una novela de Elizabeth López Caballero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el invierno del año dos mil dieciséis una de las mujeres en situación de prostitución de la calle Ángel Guimerá me pidió que contara su historia. Una historia que nada tenía que ver con los comentarios de la gente: “Están ahí porque quieren”; “Si pusieran de su parte podrían salir”; “Algunas son canarias, ya me dirás qué hacen prostituyéndose”. Como si la necesidad entendiera de fronteras… Cuando aún no había terminado de hacerme la propuesta yo ya había aceptado. Acepté porque deseaba —y aún deseo— contribuir  de alguna manera a concienciar a la sociedad de que debajo de la piel de cada una de las mujeres que desgastan los adoquines de las aceras de calles como Molino de viento, Pamochamoso, Aguadulce, Suárez Naranjo y otras tantas más, hay sentimientos, emociones y sueños. Sueños que quizá les fueron arrebatados por la trata de blancas, por un loverboy, por una adicción o porque perdieron a las cartas con la vida. También cuento la historia de otra mujer que tuvo que desangrarse, dejarse morir para entender que el amor es bidireccional, de lo contrario uno siempre pierde. Que el amor más puro es el propio y que la vida no siempre da segundas oportunidades. Estas mujeres se cruzan en un burdo intento de salvarse la una a la otra por aquello de la sororidad. Dos mujeres que conocen las fortalezas y las bondades del ser humano, así como la parte más oscura que habita en cada uno de nosotros. Las caricias que no me diste habla de la mujer abandonada, de la mujer prostituida, de los hombres buenos y de los que no lo son tanto. Quizá entre estas líneas haya un poco de humanidad y mucho de la fuerza y de la resiliencia femenina.

Elizabeth López Caballero

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