No fue difícil encontrarla. Allí estaba, en su esquina de siempre, pero con menos ganas que de costumbre. Aquella mujer a la que me acercaba no era la morenaza sabrosona que una noche me salvó de ser degollada por unos cuantos rumanos. No era la mulata de curvas exuberantes que no pasaba desapercibida y que con su historia de libro me había devuelto la ilusión sin ella apenas intuirlo. Cuando me vio retrocedió y miró a ambos lados de la calle. No había que ser muy inteligente para saber que algo raro estaba pasando. Mantuve la distancia y le hice un gesto con ambas manos. La vi sacar el móvil del bolso. Esperé impaciente. Pasados unos cinco minutos recibí un whatsapp. «Vete, mami, por favor. Ya me pondré en contacto contigo». «Pero ¿estás bien? ¿Qué ha pasado, Zene?» «Chica, vete y déjame hacer mi trabajo. No compliques más las cosas». «Zene, quieres que vaya a la policía». «No, mami. Quiero que me deje hacer las cosas a mi manera. Lárguese, por la virgencita del Carmen». Uno de los rumanos salió de la casa donde vivía Zene. Ella escondió el móvil y siguió desgastando los adoquines con sus andares. Yo me agaché detrás de un coche e intenté alejarme de allí sin ser vista, intentando trazar un plan para descubrir qué le sucedía a aquella mujer que, sin saber cómo, se había hecho un hueco en mi vida. Si por mi culpa estaba en peligro, haría cualquier cosa por ayudarla. Zene se merecía una vida mejor.
López Caballero, Elizabeth. Las caricias que no me diste. Las Palmas de Gran Canaria: Mercurio Editorial, 2020.

