Por lo general no creo en mí


Melania Domínguez


 

Fragmento de “Por lo general no creo en mí”

Recién empiezo a rodearme 
con los brazos 
a asistirme a cobijarme 
como lo haría con una niña 
que se hubiera caído 
de pronto sobre el piso 
en plena calle. 
No quiero engañarme,
siempre acabo en esa escena,
en el peor momento,
sin haberlas convocado, 
ahí están
las dos me aguardan,
una niña y una herida.
Aún aprendo a esperar 
a la mujer que supo llegar,
la que vino a reconocer 
una a una las gotas 
de mis ojos 
y la sangre y el dolor 
y las manchas rojas 
encendidas 
que prendieron mis mejillas,
a la que vino a tomar mi fracaso 
y depositarlo en una caja 
pequeña diminuta 
revestida de una tela blanda
y caliente.
Me ofreció unas manos 
desplegó las palmas
y me dejó agarrar.
Recién empiezo a percatarme,
recién empiezo a estar segura
de que sin esa horizontalidad 
ninguna verticalidad se erguiría 
en el planeta.
He llegado hasta aquí.
Hasta aquí llegamos.
Permaneceré en el piso 
de esa calle el tiempo
necesario para que la herida 
de la niña sea la cicatriz 
de esa mujer 
hasta que podamos andar juntas 
en busca de otras calles 
y caernos
resguardarnos 
mutuamente. 
“Se escribe para reconquistar la derrota sufrida siempre que hemos hablado largamente”, dijo María Zambrano en Hacia un saber sobre el alma. Ella sabía que en la escritura se produce una mediación entre el yo y las palabras, entre las palabras y el yo, que no suele darse en ese emerger súbito, apresurado y caprichoso que conforma nuestros intercambios cotidianos y que se antepone a la propia voluntad. Cuando hablamos las palabras pueden traicionarnos, desbordarnos, desdecirnos en el mismo momento en que son pronunciadas. No controlamos cómo serán recibidas por la otra persona, ¿qué implica para ella pronunciar “te quiero”, “espera”, “amanecer”, “amigo” o “refugio” ?, ¿qué mar de emociones se entremezclan, qué recuerdos se enredarán en ellas y las transformarán en un cuerpo inasible y autónomo?; desconocemos, también, qué misterio último entrañan para nosotros mismos, que estamos entregándolas. Las palabras requieren mil explicaciones, hacernos entender y, como reflexiona la filósofa-poeta, nos derrotan en ese decirse largamente.
Cuando escribimos, sin embargo, estamos tejiendo un tiempo que se coloca entre nosotros y ellas, es un momento de cuidado, de atención, de meditación y presencia. Es él se produce una conexión y una toma de conciencia de ese yo inasible que somos. Nos situamos frente a las palabras, las dejamos brotar, sin lanzarlas a nadie, con nada que demostrar, con ninguna premura porque alguien comprenda exactamente eso que uno se afana en decir. Sencillamente surgen, manan como las gotas de agua que hacen al arroyo y las dejamos fluir. Yo escribo para descubrir, reconocer y abrazar la incógnita de esas palabras al salir de mis adentros como brotes de la tierra. Escribo para recordarme que no son enteramente mías y que, sin embargo, conforman mi singularidad radical, que ellas están teñidas de todas las sensaciones, los tactos, las memorias, las impresiones que el tiempo, los espacios y los demás han depositado en mi cuerpo. Escribo para librarme del poder que mediatiza y aprisiona las relaciones, para cultivar la compasión, para amar mejor. Escribo para atenuar la luz que pretende iluminar el propio rostro y el rostro de los demás hasta cegarlo por completo, para romper esa ilusión de que somos completamente dominables. Escribo para habitar esa soledad inclinada que nos conforma como seres humanos, mi vulnerabilidad y mi interdependencia. Y escribo con la esperanza de que algún día el tiempo de mi escribir contamine y transforme el tiempo de mi decir. 

Melania Domínguez

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